Posteado por: mvmspanish | noviembre 30, 2017

LA ADVERTENCIA DE PABLO A LOS GÁLATAS Y PARA NOSOTROS – Gálatas 1-4

Pablo, apóstol, no por investidura ni mediación humanas, sino por Jesucristo y por Dios Padre, que lo levantó de entre los muertos. (Gálatas 1:1) 

Pablo explica en su epístola a los Gálatas el cambio dramático que él recibió por la revelación de Jesucristo (Gálatas 1:12), y que la causa del cambio tan drástico fue la revelación de Dios de su Hijo para él. 

Pablo revisa el registro de su vida pre-cristiana para mostrar la maravilla de la gracia de Dios. Aunque nunca dejó de identificarse como judío “soy israelita, descendiente de Abraham, de la tribu de Benjamín” (Romanos 11:1), solo usó el judaísmo como forma de describir su vida antes de convertirse en un nueva creación “en Cristo”. 

Al igual que los profetas, Isaías y Jeremías escribieron: “Antes de formarte en el vientre, ya te había elegido; antes de que nacieras, ya te había apartado; te había nombrado profeta para las naciones” (Jeremías 1:4-5, Isaías 49:1), Pablo se ve a sí mismo como separado por Dios desde su nacimiento para su función profética (Gálatas 1:15). 

Aunque Pablo reconoce que su vida anterior fue vivida en oposición a la voluntad de Dios, él todavía afirma que toda su vida es parte del plan soberano de Dios. Qué maravillosa esperanza nos da esto a cada uno de nosotros. 

La decisión de Dios de apartar a Pablo desde antes del nacimiento llevó al acontecimiento transformador de su vida por el llamado de Dios. Antes que Pablo naciera, Dios lo escogió. Mientras Pablo intentaba destruir al pueblo de Dios, Él lo llamó. Este es el significado de la gracia y del amor inmerecido. Esta misma gracia abunda hoy y está disponible para todos los que la acepten, porque es un regalo gratuito de nuestro amoroso Dios Creador. Pablo escribe que Dios “hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo” (2 Corintios 4:6). 

Al mirar a los nuevos creyentes de Galacia vemos su falta de comprensión de lo que Pablo les había enseñado, ya que, con toda probabilidad pensaban que al simplemente agregar unas pocas costumbres judías al evangelio, aumentaban el valor de su fe en Cristo. Pero esta adición al evangelio en realidad negaba la esencia del evangelio. Primero, Pablo reprende a los gálatas por su deserción; a continuación, culpa la confusión a los que pervirtieron el evangelio; y entonces pronuncia una condena solemne sobre todos los que manipulan la verdad del evangelio: “Me asombra que tan pronto estén dejando ustedes a quien los llamó por la gracia de Cristo, para pasarse a otro evangelio. No es que haya otro evangelio, sino que ciertos individuos están sembrando confusión entre ustedes y quieren tergiversar el evangelio de Cristo… Como ya lo hemos dicho, ahora lo repito: si alguien les anda predicando un evangelio distinto del que recibieron, ¡que caiga bajo maldición!” (Gálatas 1:6-7, 9). 

La expresión de asombro de Pablo es en realidad una fuerte reprimenda, como leemos en (v.6). Está asombrado de que las personas, que recientemente habían experimentado tanto del poder milagroso de Dios por su Espíritu en sus vidas, ahora se alejarían de él. Ellos estaban dando la espalda a Dios para seguir un evangelio diferente. 

Pablo está molesto y les dice: “¡Oh, gálatas insensatos! ¿Quién os ha fascinado a vosotros, ante cuyos ojos Jesucristo fue presentado públicamente como crucificado? Esto es lo único que quiero averiguar de vosotros: ¿recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? ¿Tan insensatos sois? Habiendo comenzado por el Espíritu, ¿vais a terminar ahora por la carne? ¿Habéis padecido tantas cosas en vano? ¡Si es que en realidad fue en vano! Aquel, pues, que os suministra el Espíritu y hace milagros entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley o por el oír con fe?” (Gálatas 3:1-5). 

Su preocupación por la identidad racial, la observancia religiosa y los rituales ceremoniales les estaba quitando de su experiencia de la gracia de Dios expresada en Cristo; y estaba alejando a las personas de Dios para enfocarse en ellos mismos. 

La tragedia de Galacia es una advertencia para nosotros, que no toda búsqueda de espiritualidad es, en realidad, una búsqueda de Dios. Cuando somos atraídos por libros provocativos sobre la espiritualidad de la Nueva Era, debemos recordar que los cristianos de Galacia fueron cautivados por un mensaje que prometía la perfección espiritual, pero los alejó de Dios. “Evidentemente, ciertos individuos están sembrando confusión entre ustedes y quieren tergiversar el evangelio de Cristo” (Gálatas 1:7). 

La enseñanza cautivante e incluso fascinante de algunas personas en las iglesias de Galacia había apartado a sus creyentes del verdadero evangelio. Pablo afirma con valentía que el evangelio diferente, que es tan atractivo para los cristianos de Galacia, en realidad no es un evangelio. Es una perversión del evangelio de Cristo, perpetrado por algunas personas que intentan causar confusión en las iglesias de Galacia. Debemos prestar atención a las advertencias de Pablo y estar muy atentos ya que esta es una tendencia muy dominante en nuestras iglesias hoy día. 

Probablemente esas personas alegaron que su mensaje suplementaba y completó el mensaje de Pablo. Ellos no vieron su versión del evangelio como herética. Después de todo, no negaron la divinidad de Cristo, la cruz de Cristo o la resurrección de Cristo. Ellos no sustrajeron nada del mensaje de Pablo, ellos sólo añadieron. Si hubieran sido bien versados ​​en la Torah, ellos deberían haberse dado cuenta de que estaba prohibido hacerlo, según las palabras del Antiguo Testamento que se encuentran en (Deuteronomio 4:2). 

Pablo coloca a todos los que apoyan un evangelio que difiere del verdadero evangelio para que estén bajo condenación, “Pero, aun si alguno de nosotros o un ángel del cielo les predicara un evangelio distinto del que les hemos predicado, ¡que caiga bajo maldición!” (Gálatas 1:8). La adhesión al verdadero evangelio es la prueba final de la verdadera autoridad. Incluso la autoridad de un mensajero del cielo o la autoridad de Pablo mismo debe ser probada por la lealtad al evangelio. Es importante notar que Pablo se hace responsable ante esta medida suprema de autoridad, cuando vemos su declaración en el versículo 10: “¿Qué busco con esto: ganarme la aprobación humana o la de Dios? ¿Piensan que procuro agradar a los demás? Si yo buscara agradar a otros, no sería siervo de Cristo.” 

Tristemente, en la historia de la iglesia podemos observar dónde un número de personas en puestos de liderazgo intentan ejercer un control absoluto sobre la iglesia y colocarse por encima de cualquier crítica. Las iglesias esclavizadas carecen de libertad para crecer en la fe y el amor, al igual que la condición de las iglesias de Galacia. Y los intrusos hicieron campaña por la devoción exclusiva de los cristianos de Galacia: “Esos que muestran mucho interés por ganárselos a ustedes no abrigan buenas intenciones. Lo que quieren es alejarlos de nosotros para que ustedes se entreguen a ellos” (Gálatas 4:17). 

Pablo dio una advertencia semejante en Hechos 20:28-30: “Tengan cuidado de sí mismos y de todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha puesto como obispos para pastorear la iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre. 29 Sé que después de mi partida entrarán en medio de ustedes lobos feroces que procurarán acabar con el rebaño. 30 Aun de entre ustedes mismos se levantarán algunos que enseñarán falsedades para arrastrar a los discípulos que los sigan.” 

Los líderes en la iglesia deben liderar con autoridad, porque Dios es la fuente suprema de su posición; pero ellos también deben liderar con humildad, porque Dios estableció el patrón final en la verdad del evangelio, por el cual todos son juzgados. Los líderes deben ser mantenidos responsables. 

Debemos recordar que los verdaderos siervos de Cristo no ganarán concursos de popularidad con personas que “no soportarán la sana doctrina, sino que, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias pasiones” (2 Timoteo 4: 3). Pero incluso cuando son impopulares, los verdaderos siervos de Cristo están marcados por una lealtad inquebrantable hacia Él. 

“Reconoce, por tanto, que el Señor tu Dios es el Dios verdadero, el Dios fiel, que cumple su pacto generación tras generación, y muestra su fiel amor a quienes lo aman y obedecen sus mandamientos” (Deuteronomio 7:9).

 

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